PRÓLOGO CON POSDATA

Recuerdo haber llegado a FLORA en medio de un día en la que buscaba un escape del típico bullicio capitalino. Haberme encontrado con aquel edificio al que se atendía por ambas calles, con sus enormes yarumos y sus jardines colgantes, las letras de neón y el timbre como canto de pajarito. Haber ingresado con una corazonada misteriosa pero alentadora, recorrer sus diáfanos espacios en los que habitaban distintas manifestaciones y elongaciones del espíritu y la naturaleza. También recuerdo haber subido por una escalera en espiral que croaba como rana, para luego toparme con un imponente monolito incrustado en el cristal; en las paredes, pequeños portales en donde habitaba un Aguirre perdido en la vorágine colombiana; en otro rincón, carteles que ilustraban las posibilidades del cuerpo en el universo: todo y cada una de las obras, todas integrantes de un ecosistema dentro de la insólita atmósfera confinada en su arquitectura.

El calor de aquellos que serían mis compañeros de equipo y mentores. Las enseñanzas y los días de trabajo que en ocasiones se extendían hasta la noche, tiempos en los que la camaradería se consolidaba y nos unía la idea del amor al arte. Haber tenido la fortuna de haber dado con tan buenos compañeros, de haberme permitido ser parte de un sueño en común es algo por lo cual no puedo estar más que agradecido. Fueron días que transcurrieron entre anaqueles e instalaciones, entre gabinetes y risas.

Así fue como me recibió FLORA, con un despertar para mi espíritu y la oportunidad de forjar inoxidables recuerdos. FLORA, un proyecto que crece y prospera como los jardines en su interior. Un espacio de nuevas sensaciones a modo de santuario entre una ciudad que toscamente ignora sus montañas. Un lugar en el que los huesos de tortuga hablan, en el que la sal edifica muros y pilares; un lugar en el que se contó la historia de Marx perdido entre los paisajes tolimenses, la musa del nuevo mundo con su coquetería y sus aromas; las incontables noches y días en las que abre y abrirá sus puertas para todo aquel que desee llevarse en su interior la semilla de la imaginación.

Juan Manuel Quintana Blanco

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